Andreína y su fe

Catequista abierta a divulgar el amor de Dios, la ejecutiva publicitaria reconstruye todas las etapas de su espiritualidad, más viva que nunca.

Andreina Arévalo y su fe

“Hay mucha gente que piensa que mostrar tu fe es una blasfemia”.

Andreina Arévalo, Caracas (Venezuela), 1987, ha transitado por muchos estados desde que encontró la fe en la niñez. “Cuando falleció mi bisabuela, mi abuela paterna vino a cuidarnos y le pregunté, ¿qué sucede? Me explicó que había muerto, que se había ido al cielo, que nos iba a cuidar desde allí y que no iba a desaparecer de nuestras vidas. Para mí, aquel momento, ha sido siempre un recuerdo vivo que entiendo y que llevo en el corazón”. 

Un viaje siempre mirando a Dios que tuvo un momento clave cuando Arévalo se incorporó al mundo profesional como abogada “porque surgían constantemente preguntas incómodas, ¿puede un católico mentir? Sobre todo cuando tenía que defender algo en lo que no creía o que iba contra mis convicciones”. Un periodo en los juzgados de Caracas en el que no hablaba abiertamente de su fe.

Su viaje espiritual se enfrentó también a un episodio complejo cuando se mudó a Madrid. “Cuando llegué a España y me incorporé al mundo de las agencias creativas tropecé con la falta de fe y con personas que sí tenían fe pero que no eran practicantes. Entonces, ya exponía abiertamente mi fe, también, las dudas que habían surgido en el camino”. Un páramo espiritual que le hizo replantearse por qué contaba cómo se sentía cuando ni ella estaba muy segura de cómo se sentía.

Todo cambió radicalmente hace tres años: “empecé a sentirme mejor mostrando mi fe, siendo más abierta”. Un largo camino de dos décadas intentando descifrar “el alcance de mis dudas, hasta hoy, que me siento cómoda”.

Un giro espiritual en el que la maternidad ha sido clave: “me costó tres años quedarme embarazada. Me aferré a Dios y pensé, este no es mi plan, es tu plan, por tanto, haz con mi vida lo que quieras. Y cuando lo puse en sus manos, la verdad es que sucedió. Todo el mundo te dice, relájate, haz esto, haz aquello. Llámalo milagro, o no. Pero llegó, simplemente, llegó, porque en mis oraciones le dejé de pedir tener hijos, pero coincidió que su plan era el mismo que el mío”.

Directora de cuentas en una agencia de publicidad, Arévalo comparte su fe como catequista. “Sentía que en este proceso de tres años Dios me estaba dando algo a mí que yo quería que otros sintieran. Saber que no estoy sola, saberme amada. Hay días que me digo, en qué me metí, pero cuando entregas ese amor que tú sientes sin hacerlo por ti sino para que otros se sientan igual de amados, pues es más llevadero”.

Rutinas espirituales que practica abiertamente incluso en los atascos. “Me gusta mucho rezar, y a veces, escuchando el evangelio, si alguien se monta en mi coche no lo quito solo porque se monte en mi coche. Me gusta también rezar en familia, con la familia de mi esposo, porque ellos también viven su fe de manera totalmente diferente a la mía”.

Arévalo cree que el renacimiento de la fe al calor de discos como el  ‘Lux’ de Rosalía, movimientos como ‘Hakuna’ o la transformación de influencers a seminaristas es una tendencia: “creo que hemos vivido décadas de mucha libertad, de mucho renacimiento, de reconocimiento de derechos humanos, de dar visibilidad a muchas cosas que se pueden considerar revolucionarias y liberales. Me encantaría pensar que realmente es un movimiento auténtico y sincero y que no tiene nada que ver con una radicalidad en el sentido de vivir la vida o respetar los derechos de otros. Y me encantaría que estos movimientos se concentraran en el mensaje de amor. Me gusta pensarlo y quiero vivirlo así. Dios es amor y todo el mundo tiene derecho a creer en la forma en la que quiera creer siempre y cuando no le haga daño a nadie”.

Sobre el imaginario de la fe, Arévalo realza su valor. “Usar cruces, tener vírgenes, poder rezar a esas vírgenes sabiendo que sí, que es una representación gráfica y un imaginario artístico, pero que nos recuerda a esa mujer tan valiosa sin la que, probablemente, nuestra religión no existiría. Para mí es clave poder mostrar tu fe sin que eso represente un insulto. Hay gente, por ejemplo, que no puede tatuarse nada de fe porque su religión no lo permite”.

Un trance, incluso si hablamos de moda: “hay mucha gente que piensa que es una blasfemia. Yo creo que los símbolos  sí que representan esa diferencia porque su significado va cambiando a lo largo del tiempo y le damos la importancia que nosotros le queremos dar”.

Una epopeya espiritual en la que Arévalo se atreve a dar porcentajes sobre su fe, “sin duda hay un 90% de ilusión”. O este refugio, esta paradoja constante en la que no sabes qué pasará mañana “porque lo pones todo en manos de Dios, que me cobija y en quien confío”.